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Especial Ciclonautas: rueda de prensa y crónica

De izquierda a derecha, Alén Ayerdi, Mai Medina y Javiertxo Pintor, el trío calavérico de Ciclonautas. (FOTO: Archivo del grupo)

Os presentamos un ‘programa doble’, especial Ciclonautas. Dos por uno. Por un lado, os ofrecemos un reportaje de la presentación del disco en la preescucha antes de su lanzamiento. Por otro, la crónica de su paso por La Riviera. Lo firma el compañero David Luque.

 

Preescucha – presentación del disco:

La presentación del nuevo disco de Ciclonautas, Camping del hastío, se produjo en la calle Pretil de los Consejos, cerca del Madrid más castizo y antiguo, a unos metros de la Casa de la Villa y la sede de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Era un bajo que recordaba a esos garajes que compone la imaginación para ubicar el nacimiento de las bandas de rock: todo el suelo estaba alfombrado para que el sonido se posara bien, un tocadiscos incitaba a elegir Qué desilusión de Leño, las paredes estaban empapeladas de posters de giras para el recuerdo y discos míticos, había dos sillones chester, y, entre ambos, una mesa de estilo industrial con unos ejemplares del disco sobre el que se iba a hablar esa tarde. Pero eso ya lo vimos después de que pasáramos una prueba de antígenos y comprobáramos que, al menos en ese aspecto, todavía conservábamos la salud. Así que, entre bastoncillos y análisis, cayeron las primeras cervecitas mientras esperábamos a que subieran May, Txo y Alén.

Cuando llegaron ,ocuparon uno de los chester que había bajo la cartelería de su disco, rodeada de las láminas de Metallica, AC/DC y Dylan. Preveían una presentación en la que se comenzaría viendo el videoclip promocional, sacado de la gran canción que es Eterno aprendiz -esos acompañamientos de Alén, madre mía-, pero hubo algún problemilla que casi fue una epifanía del desenlace de la tarde. Ciclonautas tenían las ganas y la ilusión de un disco nuevo, así que Alén propuso pasar a conversar directamente sobre el momento del grupo y los planes de futuro más inmediatos. Anunciaron algunos destinos de la gira que están realizando ahora mismo, donde ya han tocado en Vitoria y en Madrid y les espera Bilbao y Barcelona, e hicieron públicas sus ganas de tocar en Argentina -vacunas mediante. Me parecieron especialmente interesantes las observaciones sobre el momento del grupo. Porque este disco, según comentaron, les ha servido para encontrar su sonido de un modo mucho más definitivo, toda vez que, según comentaba Alén, se suele tardar al menos un par de discos en comprender los elementos que hay que evitar, los que hay que conservar y en los que es necesario profundizar justamente porque son idiosincráticos de la identidad musical a la que aspiran. Y ello aunque, dijeron, entienden que son una banda pequeña con la misma claridad que comprenden que eso no significa que su trabajo no tenga dignidad, sino que este debe tener una profesionalidad y un respeto al oficio innegociable.

Mai Medina, en un momento del directo ofrecido en la madrileña sala de La Riviera. (FOTO. Archivo del grupo)

Después pasaron ya a tocar unas canciones en directo, al fondo de la sala. Dr. Txo, con el chaleco negro, la camiseta blanca, se situó a nuestra izquierda. Mai estaba al lado, junto a los pedales que ajusta antes de cada canción. Y Alén entre ambos, en la retaguardia, ajustándose los cascos y jugando con las baquetas antes de dar el toque de partida. Todos estábamos deseosos de escucharles y ellos tenían ese ansia de tocar. Creo que tenían en mente tocar tres, cuatro canciones y pasar a la planta inferior para escuchar ya todo el disco por los canales de sonido mientras hablábamos y comentábamos las impresiones. Y así fue que sonaron Abrazado a un misil, Agua va y Eterno aprendiz. Pero la música en directo genera esa comunión, y ellos estaban tan cómodos y nosotros tan agradecidos de ese espejismo de la música en directo y a puerta cerrada después de los meses que llevamos, que se arrancaron también con Dele al play y Bombo sicario. Y ahí, justo cuando terminaban la última canción y se adivinaban las conversaciones que habrían de venir abajo, apareció la policía. Nada, al principio dos de ellos, y, después, creo que conté seis que no dejaban salir a nadie del local sin haberle tomado los datos. Yo vi al prodigio de Jorge Salán tratado de esa manera indiferente por la policía, como trataron al genial Carlos Escobedo en la puerta, mientras Alén, Txo y Mai recogían sus instrumentos sin entender muy bien qué estaba pasando. Debo reconocer que me jodió por el grupo. Porque venían desde el norte con la ilusión de presentar un disco y las ganas de volver a la normalidad con los protocolos debidos. Pero nada. Aquella tarde, en la disyuntiva sobre comunismo o libertad que se había planteado en los últimos meses madrileños, Ciclonautas y nosotros, los que encontramos como un remanso de paz al abrigo de la música en directo, elegimos la cultura.

 

Crónica del concierto en La Riviera

   «La Riviera» queda al fondo de uno de los tramos de Madrid Río y desde ella, como si sujeto al horizonte, se contempla el puente de Segovia, la Catedral de la Almudena y el Palacio Real. Si ya es un placer pasear por ahí en estos estíos prematuros, cuando comienza a subir el olor a hierba fresca y los grupos de jóvenes dan vida a los paseos y los jardines, mucho más placentero es antes y después de un directo de rock estatal. Ese 4 de junio tocaban los Ciclonautas, el trío compuesto por May, Txo y Alén, quienes volvían a la capital después de la accidentada presentación de su nuevo disco, Camping del hastío, que la policía decidió suspender abruptamente. Digo que volvían a Madrid, a una sala de confirmaciones y promesas como es «La Riviera», para hacer un recorrido por los tres discos que componen su discografía y medirse los nervios de tocar en la capital en estas circunstancias extrañas.

La sala se llenó como en un tercio de las localidades previstas y Ciclonautas salieron con unos quince minutos de retraso. Mai a la izquierda del escenario, de negro y con una camisa que, como él mismo le reconoció al público, casi debía abrocharse hasta el último botón para hacer evidente su debido respeto a la capital. A la derecha, Txo miraba las cuerdas de su bajo a través de unas gafas de sol de las que no se desprendió en las dos horas que duró el concierto. Y Alén. Alén detrás comprobando el sonido de sus in ear. Alén detrás esperando que sus compañeros encontraran el sonido esperado. Alén detrás marcando el pulso final justo cuando dio inicio al concierto.

Tengo la sensación de que tuvieron que tocar El sol, Abrazado a un misil, Deseo y Demencio Lacruz para desperezar el silencio, hacer que sus energías se acompasaran a las canciones y transmitir al público esas ganas suyas que eran evidentes. Pero, después de esos cuatro temas, todo comenzó a tomar cuerpo. El público dejó de sentirse extraño agitando la cabeza o tocando una guitarra imaginaria sin poder levantarse del asiento así como Ciclonautas comprendieron que ese sonido que parecía una única voz era la gente cantando sus canciones detrás de las mascarillas por más que ellos no pudieran verlo. Y el rock se hizo.

Alén Ayerdi, siempre mostrando en Ciclonautas su lado más técnico al mando de las baquetas. (FOTO: Archivo del grupo)

En Bombo sicario, el público ya estaba entregándose, y, al final de Fantasmas del Ocaso, Mai pidió por fin una cerveza, dio un trago, regresó a sus pedales y al clavijero. Mientras trataba de encontrar el sonido, Txo improvisó un solo de bajo en el borde del escenario, se acercó al argentino y le besó los labios con la camaradería que dio paso a Loca mientras Alén sonreía levemente y agitaba la cabeza de derecha a izquierda, de derecha a izquierda. Para cuando se sucedieron Agua va, Eterno aprendiz, Kamikaze del nido y Dele al play, Ciclonautas parecían ya un grupo consagrado.

Txo, en quien parece que se ha reencarnado un músico nacido en el delta del Mississippi por los años setenta, comenzó a ocupar el escenario con más determinación que antes. Acudía a Mai para tocar enfrentados entre sí y visitaba más a Alén para hacerle evidente su complicidad. Este último es el metrónomo del grupo. Es la seriedad que regresa entre la descarga y la descarga de cada canción, el kairós que mira cómo sus compañeros afinan los instrumentos, recuerdan las frases que deben tocar y deduce que es el momento oportuno de abrir la siguiente descarga. Mai no necesita moverse para ocupar todo el escenario. A esas alturas del concierto, brindaba con el público, les preguntaba si se encontraban bien, pedía otra cerveza, sonreía cuando la gente gritaba «Boca» para recordar el club de fútbol argentino, reconocía que no iba a corear como Mercury. Y entre esas se hacía evidente el respeto que el argentino prodiga a la música. Antes de cada canción se toma todo el tiempo que es necesario para encontrar el sonido adecuado de su guitarra, ejecuta los riffs con la solidez que demanda un trío eléctrico -que cómo se echan de menos, por cierto-, y yo disfruté observándole en sus momentos de mayor distorsión, cuando pulsaba el pedal y prolongaba la nota mientras su cuerpo se volteaba hacia atrás con la seguridad de que no se caería porque estaba sostenido por el sonido.

En Que corra el viento hubo un incidente que comentaré al final de la crónica y que dio paso, a pesar del brevísimo descanso que se tomaron, a la última parte del concierto. Tocaron seis temas más, con el público entregado a lo que el trío quisiera hacer, especialmente en Tristes corazones y en la despedida que supuso Qué tal. Y ahí terminó todo. Regalaron sus baquetas, sus púas, sus setlist a la gente que quería ir a golpearles el puño o el codo como señal de agradecimiento. Ellos también agradecieron al público su asistencia, se sacaron fotografías con quienes lo pedían y corroboraron que lo que hace grandes a los grupos de rockes que la excelencia toma la forma de la sencillez.

Cuando salí de la sala y regresaba al coche que había dejado en el parking de Príncipe Pío, mientras deshacía esos jardines de Madrid Río que describí al inicio de la crónica, más que una canción se me quedó un gesto del grupo como la condensación perfecta del momento en que se encuentran Ciclonautas ahora. Aquella canción de Que corra el viento en que Mai, Alén y Txo supieron que se habían equivocado y detuvieron la melodía porque ninguno estaba contento con lo que había sucedido, volvieron a mirarse para iniciar la canción y reconocieron -y cito casi explícitamente al vocalista- que ese público se merecía todo lo mejor. Ya digo que me parece que esa escena condensa todo lo que es Ciclonautas hoy. La obsesión cada vez mayor por alcanzar ese sonido suyo que Mai imprime con su guitarra, que Txo acompaña con su bajo y que Alén ajusta a sus tiempos. El cuidado por conseguir unas letras que contribuyan a ser un matiz más de la formación de la identidad de quienes les escuchan. La necesidad de un directo honesto, cercano, sencillo y perfecto. Y volver a repetir este proceso cuantas veces sea necesario hasta lograr lo que ellos desean y lo que deseamos los que amamos el rock en castellano. Que el respeto al oficio del Rock & Roll siga existiendo gracias a la integridad y a la excelencia de grupos como Ciclonautas y al concierto que nos regalaron esa noche.

Ciclonautas, en una panorámica de su flamante e intenso concierto del pasado fin de semana. (FOTO: ARchivo del grupo)

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